Noche cerrada. Silencio en la casa.
El mundo se lame las heridas y a nadie le importa.
Como un furtivo, salgo a la terraza a fumar un cigarrillo. Estoy desnudo pero es algo banal porque nadie hay a la vista. Y si lo hay…, pues bueno, no tengo nada desproporcionado que mostrar. Salvo el insomnio.
Cielo tan estrellado que duelen los ojos.
Aviones silenciosos escriben su ignota ruta blanca a lo lejos.
La ciudad dormita.
En algún lugar del mundo hay otra guerra recién estrenada. A nadie le importa un higo.
A veces siento que no soy nada, que no soy nadie. Y eso, en el fondo, me reconcilia con el Universo entero. Mejor ser nada que ser un imbécil.
Quisiera largar velas pero, de momento, es imposible: ni siquiera tengo barco donde enrolarme como polizón.
A menudo no sé lo que digo, a menudo me sorprendo mirando al cielo, ese cielo que en mi ciudad, a menudo también, se ve conquistado de gaviotas, y fantaseo con que patroneo un barco inexistente. Solo. Terriblemente solo. El mar queda a catorce quilómetros de mi casa pero da igual. La sensación de libertad es inmensa.
A pocos metros, una excavadora destripa con saña la calle buscándole el alma a la tierra.
A la mierda la fantasía.
Cada vez huyo más de las amistades, de los conocidos, de los saludados. En realidad, no los soporto. Ni siquiera me soporto a mí mismo… Claro que tampoco me soporta mi mujer. Veo que, por el momento, es una mera cuestión de soportes mutuos. Vamos, la física de toda la vida. Mejor aclarar las cosas ahora.
Un perro acuchilla la noche con sus ladridos histéricos. Maldito chucho.
Tengo frío. Estoy descalzo. Es agradable. Es un frío que no se cura con calor.
Lloraría, si no fuese porque no sé por dónde empezar.
Lo más sencillo siempre es lo más complicado, ya lo dijo un cretino. Y tenía razón. Echo de menos mi trabajo, mi instrumental perfectamente presentado en la mesa auxiliar, mi bata quirúrgica, mi despacho. Y mi vida. La otra vida.
Mi niña pirata me ha ensogado el cuello esta mañana cuando se iba al colegio con su uniforme recién planchado, sus coletas y su mochila llena de de ilusiones; me ha tatuado un beso húmedo en la mejilla y me ha dicho al oído, muy bajito: “Papi, te quiero mucho”. Todavía me escuece en la mejilla ese beso.
Fumo. Y acompaño el tabaco con una cerveza de lata. Esas cervezas que detesta mi mujer y que yo escondo. Por fastidiar, supongo. Parezco un hippy venido a menos. ¡Y en pelotas en la terraza! Si me viera mi madre…
El otro día leí en una pintada: “Jesús te quiere, yo te odio.” Bueno, en realidad, no sé a qué viene esto.
Ruido de sables en el hogar. “Cariño, hace tanto que tú y yo no” –he pensado- … En fin, mejor no seguir. Total, para lo que sirve.
Mi amigo Udoy (nombre en clave, of course) me anima a dejarlo todo, definitivamente, borrón y cuenta nueva y ser un nuevo Jeremías Johnson. Irnos juntos al Pirineo para habitar una pequeña cabaña y vivir como eremitas. ¡Eh, como eremitas digo, no como maricones. Quede claro! La montaña también me llama, casi tanto como el mar, la mar. ¡Cabronas tentaciones!
Ya no me apetece escribir.
No tengo miedo. Es algo que, ahora lo he descubierto, esta noche me inquieta. El miedo es un invento de los dioses para mantenernos serenamente atareados cada día mientras se nos va despoblando la cabeza de pelo.
Odio los viernes. Y los lunes al sol. Y por supuesto, los miércoles casi tanto como los jueves y los martes.
Juraría que anoche
Oí tu nombre
En los cristales…
… Y era la puta lluvia.
Todo se desmorona con esa inquietante pulcritud que otorga a las cosas el fracaso. No lo dice ningún sesudo, lo digo yo.
Mientras tanto escribo mentalmente la lista de la compra para mañana. Añadir plátanos para los gemelos. Cuchillas de afeitar. Y buscar otra vida en el Cash Converters. A buen precio, claro.
Será que me hago viejo.
Será que ya nunca haré aquello que deseaba cuando era joven.
Será que todo es una mierda.
Bueno, todo quizás no.
Aunque, de momento, se le asemeja bastante. ¿No os parece?